viernes, 8 de septiembre de 2017

El museo

-¡Mamá mira, un tigre dientes de sable! Exclamó un niño pequeño al otro lado de la sala. Marcos volvió a centrarse en la exposición de herramientas de paleolítico que tenía delante, mientras se lamentaba de la actitud del resto de personas, jugando con el móvil y haciéndose fotos, sin prestar atención al museo de la evolución. Incluso había un neandertal toqueteando su teléfono y golpeándolo contra el suelo. En ese momento el muchacho volvió la vista al homínido y dio un paso atrás mientras un montón de preguntas se agolpaban en su mente. ¿Que había pasado? ¿Por que había cobrado vida la figura del Neandertal? ¿Era la única criatura que había sufrido este cambio? 
Fue corriendo a buscar a alguien de seguridad, era necesario que se enterase de lo que estaba pasando. Nada más cruzar la esquina se encontró con las huellas de algún animal y decidió seguirlas para ver de que se trataba. Fue hasta el baño de caballeros, donde encontró una criatura parecida a un toro bebiendo del retrete. Tenía que avisar a alguien rápido o iba a ocurrir una desgracia.
Subió corriendo hasta el segundo piso y encontró al conserje viendo porno de enanos murcianos y gangosos en su garita. Aunque se trataba de un asunto urgente, Marcos, que era muy educado, esperó hasta que aquel señor de gorra roja y mostacho canoso acabó su pajichuela. Cuando salió de la habitación, nuestro protagonista le contó lo que estaba pasando, pero el conserje en vez de ayudar, se tiró por la ventana y abrió el paracaídas (porque todos los conserjes que trabajan en una segunda planta llevan paracaídas). Marcos contemplo como el hombre hacía un aterrizaje perfecto, pero cuando trataba de huir, no vio el escalón debido a su ojo vago, y se rompió el cuello con la caída. 
Mientras esto pasaba, la criatura que se asemejaba a un toro había seguido el rastro del muchacho hasta la segunda planta. Marcos escuchó un ruido a su espalda, se giró y vio a aquella horrible criatura, asustado dio un paso atrás, ya no había nada que hacer, ese sería su final. Aquel engendro hizo un ademán de envestir al muchacho, pero justo en ese momento, le picó una abeja, y murió en el acto (debía ser alérgico o algo). El muchacho aprovechó la situación para avisar al responsable del museo, un hombre de mediana edad con cara de aburrido, que no se extrañó de lo que le contaba Marcos, pues al parecer, el edificio estaba construido sobre un cementerio indio, y cada dos por tres, los fantasmas poseían los cuerpos y las figuras del museo y pasaban cosas raras, pero no era nada grave, porque tenían su propio cura que se encargaba de hacer los exorcismos, así que el asunto no suponía mas que un par de muertos y algo más de trabajo para el equipo de limpieza. 
Marcos se quedo boquiabierto por la normalidad con la que se lo tomaba todo, pero bueno, ya podía estar tranquilo porque todo se iba a solucionar, así que decidió ser práctico y le pidió trabajo como conserje de la segunda planta, ya que el puesto había quedado vacante.

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