sábado, 26 de agosto de 2017

Rob-arte

Alberto entró en el edificio, observando todo con mucho detenimiento, estaba prohibido utilizar la cámara de fotos, así que tenía que utilizar su memoria fotográfica para no olvidar ni el más mínimo detalle. Cruzó la habitación y allí estaba, “la oveja Lanita y el ladrón de viejas”, el último cuadro del prestigioso pintor John Andersen, un artista francés, cuya obra completa contaba la vida de una oveja. Algunos decían que era un amante de los animales, otros directamente lo llamaban zoofílico. Ese cuadro, que no medía más de cuarenta centímetros de alto y cincuenta de largo, valía mas de tres millones de euros, y Alberto estaba dispuesto a robarlo.
Su plan era volver por la noche, sin luz, esquivar al vigilante de seguridad o matarlo, eso ya dependía del camino que este tomase en su ruta, y llevarse el cuadro. Pero cuando llegó, vio luz en el museo y fuera había un cartel que anunciaba una fiesta benéfica a favor de los niños con cáncer de culo (no es que el dinero recaudado fuese a parar a un laboratorio para curar esta enfermedad, sino que sería destinado a crear más niños con cáncer de culo, pues los organizadores eran de un grupo supremacista de cáncer de culo).
Alberto, que era muy previsor cortó el suministro eléctrico de toda la manzana, se puso unas gafas de visión nocturna y entró a robar el cuadro. 
Llevó a cabo su objetivo en pocos minutos y sin ninguna baja, aparte de una enana con la que tropezó cuando iba a salir del edificio, pero no había por que preocuparse, el cuadro estaba bien (a la enana se la tuvieron que llevar en ambulancia, pero como no vale tres millones de euros pues tampoco nos vamos a preocupar mucho por lo que le pasó).
Alberto llegó a casa con su botín y lo colgó en la pared del salón, al lado de la lámpara de pie para que estuviese bien iluminado. Sus amigos le decían que lo vendiese, pero el chico se negaba, el cuadro era precioso y le hacia juego con el sofá. ¿Qué más se podía pedir?

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