viernes, 18 de agosto de 2017

No mires atrás

Cristina era una chica de 17 años, morena, alta y de ojos verdes. Un día iba hacia casa, cuando noto que la seguían, se giró y vio una criatura similar a un rinoceronte, pero que se apoyaba solo sobre dos patas, medía unos 2 metros y pesaba unos 250 kilos. Cristina echó a correr con el espantoso monstruo detrás, hasta que llegó a su portal, sacó la llave e intentó abrir la puerta, pero estaba tan nerviosa que no era capaz de introducirla en la cerradura. Lo siguiente que recuerda es un dolor intenso en la espalda y luego una oscuridad abrumadora. 
Abrió los ojos y vio que estaba a la orilla de un río que se encontraba dentro de una cueva mal iluminada. Su instinto le señaló que era mejor que no tocase el agua y se quedó esperando a una barca que se acercaba lentamente. El bote tenia un farol que le permitió ver a una figura encapuchada remando. Al llegar la barca a la orilla, el barquero extendió la mano hacia Cristina, que se sacó una moneda del bolsillo y se la entregó. La figura le dijo a la muchacha que lo acompañara, que la llevaría a su destino. La muchacha subió a la barca y se quedo mirando el agua horrorizada, pues en su interior se veían un montón de figuras humanas vagando. Asustada le preguntó al barquero que era eso.
- Son las almas de aquellos que no consiguieron llegar al otro lado, será mejor que no toques el agua.- dijo el barquero.
De repente, se escuchó un rugido detrás de la barca, Cristina empezó a girar la cabeza lentamente, pero la figura que llevaba el barco le advirtió:
-No te gires, con esta oscuridad no verás nada, y mejor así, pues no se puede mirar a la criatura que ruge, las consecuencias serían horribles. 
Pasaron 20 minutos y el rugido seguía, Cristina ya muerta de curiosidad, pues ese sonido le recordaba al de la criatura que la había asesinado, y quería saber que era exactamente, abrió la mochila que llevaba en el momento de su muerte, que misteriosamente la había acompañado a aquel lugar, sacó el móvil, puso el modo linterna e iluminó el punto desde el que venía el ruido. El responsable de aquel terrible rugido no era ni más ni menos que un Ipod, justo en ese momento la muchacha entendió que todo eso no era más que una prueba y que no la había pasado. 
El barquero sacó el remo del agua y le atizó a Cristina en la cabeza, lanzándola así al río, donde su alma moraría para toda la eternidad.

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