viernes, 25 de agosto de 2017

La vida en el zoo

Éric vislumbró una hoja a un par de metros de donde estaba, por lo que seguramente tardaría unos diez minutos en alcanzarla. Era especialmente lento moviéndose por las ramas y en tierra, incluso para tratarse de un perezoso, así que empezó a avanzar hacia su objetivo antes de que se hiciese de noche. La gente que lo veía se exasperaba al ver esos movimientos tan pausados, pero el no tenía ninguna prisa, así que no iba a sucumbir a la presión. Estaba ya llegando a la hoja de la que se había encaprichado cuando cometió un error, cogió su brazo pensando que era la rama de un árbol, y al soltar el otro brazo cayó al suelo, muriendo en el acto. Fuera los niños gritaron traumatizados.

Héctor llevaba siete años saliendo con Paula, una pingüina preciosa, de aletas largas y pies ligeros, era la que mejor bailaba de todo el pueblo. Eso había llevado a nuestro pingüino a buscar la piedra más bonita que se podía permitir con su sueldo de heladero y a pedirle matrimonio. Ella dudó un poco pero al final le dijo que sí, y esa noche Héctor salió con su amigo Miguel a celebrarlo. Fueron al bar del pueblo y empezaron a beber hasta que acabaron con las existencias de licor del polo. Iban tan borrachos que volvieron a casa andando en zig-zag y cayéndose todo el rato. Fuera los niños los miraban y se reían de lo torpes que eran.

Marcos llegó a casa llorando. Su madre, Sara le preguntó que tal le había ido la escuela, pero el no tenía ganas de hablar, así que se fue a su rama dando un portazo. Ella subió a ver que le pasaba y el pequeño mandril le dijo que sus amigos se reían de el porque no tenía el culo lo bastante rojo. Su madre le dijo que no pasaba nada, que a algunos mandriles les tardaba más en avivarse el color de su trasero, pero el pequeño no quería que se rieran de el en clase, así que no entró en razón y se fue a la cama sin cenar.
Al día siguiente Marcos dijo que el no quería ir a clase, que se quedaría en casa hasta que su culo fuese más rojo. Harta de aquel comportamiento de niño pequeño, Sara lo puso en su regazo y le dio unos azotes. Aquel día sus amigos no se pudieron reír de Marcos.

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