jueves, 17 de agosto de 2017

El secreto del laberinto (Parte 1)

Cuenta la leyenda que en algún lugar existe un laberinto enorme y que justo en el centro, custodiada por un cíclope armado, se encuentra una llave. Esa llave permite entrar en una sala especial de un banco de nueva York, que está repleta de Salsa Szechuan. Pocas personas han sido capaces de encontrar el laberinto, y aquellas que lo han hecho no han salido vivas de allí (ni muertas tampoco, no han salido).
Maya era una chica de 17 años, alta, pelirroja y con los ojos de color amarillo. La muchacha vivía con su madre en un ático en Toronto. Su padre desapareció cuando ella solo tenía 3 años, así que no recordaba casi nada de él.
Un día, buscando en el trastero unas telas para hacerse el disfraz de Halloween, Maya encontró unos libros de su padre y los apartó para darles una ojeada. Esa misma noche, empezó a leerlos, no eran muy interesantes, hablaban sobre varias leyendas y poco más, pero la chica creía que igual leyéndolos se sentía algo más cerca de ese padre que nunca conoció. Al pasar de página vio unos folios doblados, eran notas de su padre, en las que decía creer haber encontrado un laberinto que salía en el libro. Al día siguiente Maya le preguntó a su madre si su padre le había hablado de eso alguna vez, pero ella no sabía nada, lo único que recordaba era levantarse un día de la cama y que su marido se había ido, dejando solo una nota que ponía "me he ido, pero ve comprando pollo cariño, que cuando vuelva quiero nuggets", y ahí estaba, el pollo congelado desde hacía 14 años, esperando a su regreso.
Maya decidió, que aprovecharía el viaje que tenía planeado hacer con sus amigos, Carolina y Marcos, en Navidad para ir al lugar que había señalado su padre a ver si había alguna pista sobre el.
El mapa que había encontrado nuestra protagonista señalaba una pequeña cueva al Este de Canadá, así que los 3 amigos se dirigieron hacia allí.
Al lado de la cueva vieron un cartel que ponía "no pasar", pero pasaron. Nada más entrar Maya vio algo reluciente que sobresalía de detrás de una roca, se trataba nada más y nada menos que de un tridente. La chica nada más verlo se enamoró de el, medía 1,80m, era de un color verde metalizado precioso y supuso que le podría ser de ayuda, pues no sabían si habría algún animal salvaje dentro de la cueva.
Siguiendo las indicaciones del mapa llegaron hasta una pared de piedra, donde se podía leer una inscripción:
 "Solo uno puede pasar
  Los demás han de esperar
Todo aquel que pase de más
Su sangre habrá que derramar"
Después de tocar todas las "a" como ponía en las instrucciones del padre de Maya, se produjo una brecha en la pared, que se fue agrandando hasta dar lugar a una puerta por la que cabían dos personas. Al otro lado se veía el cielo y lo que Maya suponía que era la entrada al laberinto.
La chica fue a despedirse de sus amigos, aunque estos dijeron que querían ir con ella, pero todo el mundo sabe que si a algo hay que hacerle caso en este mundo es a una advertencia escrita en verso (aunque sea rima asonante).
Nada más pasar por la abertura, esta se cerró de golpe, asustando a la pobre Maya, que ya venía un poco acojonaíta de casa. Se acercó a la puerta de lo que parecía ser el laberinto, pero estaba cerrada, así que miro por los alrededores para buscar algún objeto con el que abrir la puerta (no quería cargarse el tridente si podía evitarlo). Al final, encontró una palanca, al lado de un colchón que olía a vino, un par de revistas porno y unas jeringuillas, lo que hizo sospechar a la chica que el lugar no era tan secreto.

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