martes, 22 de agosto de 2017

El intruso

Todos los días Jack seguía el mismo ritual antes de meterse en la cama, llenaba un vaso de agua, lo dejaba al lado de la cama, se cepillaba los dientes, meaba, leía un par de capítulos de algún libro de fantasía medieval y se tocaba, tuviese ganas o no. Pero aquella noche, Jack estaba demasiado cansado, había tenido un día duro en el trabajo así que se saltó el paso del vaso de agua.
A las tres de la mañana se escuchó un estruendo. El chico vivía solo, así que alguien había entrado en la casa. Jack se levantó sigilosamente, abrió la puerta del armario y cogió un bate que guardaba para estas ocasiones. Salió del pasillo de puntillas y se dirigió al salón a ver si había alguien. La luz estaba apagada, por lo que el chico no pudo ver el mueble del pasillo con el que se dio en el dedo pequeño del pie. Jack tuvo que esforzarse mucho por no gritar de dolor y maldijo el puto mueble mentalmente.
Se asomó a la cocina, a ver si había alguien por ahí, pero nada, estaba desierto, fue hasta el salón, pero allí tampoco había nadie.
Estuvo durante 30 minutos dando vueltas por la casa, pero no veía nada, así que volvió a la habitación para intentar dormir un poco más antes de irse a trabajar. Le costó un poco, pero al final lo consiguió, pudo descansar unas cuantas horitas más, hasta las siete, hora a la que sonaba el despertador todos los días.
Se levantó a apagarlo, se sentó en el borde de la cama y miró al infinito, como todas las mañanas, hasta que sonase la segunda alarma cinco minutos después. Fue en ese momento cuando vio un vaso con agua encima de la mesita de noche, y debajo había un papel doblado. Lo abrió y pudo leer “No tienes chocolate, ¿quién coño no tiene chocolate en casa?".

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